Historia del Champagne

Posiblemente, el Champagne es el vino más conocido del mundo. Todos conocemos este vino espumoso y burbujeante normalmente asociado a alegría, celebración, festividad, … De todas formas, cabe destacar que solo podemos calificar como Champagne a aquellos espumosos que provienen de la región de la Champaña, en el noreste de Francia.

La denominación champán está muy controlada. No obstante, esta estricta normativa es la que permite que se reconozca la producción de las casas de Champaña. Desde 1941, el Comité Interprofessionnel du Vin de Champagne (CIVC) garantiza su protección. La denominación delimita la zona geográfica en la que debe cultivarse y elaborarse el vino. Si se produce fuera de esa zona, no podrá denominarse champán.

Para conocer la historia del champagne, debemos remontarnos mucho tiempo atrás.

Durante el siglo XVII ya se popularizó en las cortes inglesa y francesa gracias al impulso de algunas familias de esta región. Aproximadamente hacia 1660 se comienza a embotellar poco antes de terminar la primera fermentación, a fin de conservar mejor sus aromas, pero a consecuencia de ello aparecen las burbujas, sobre todo en los vinos pálidos, de baja graduación y embotellados en el equinoccio de primavera. Esta efervescencia fue, en un principio, una fuente de preocupaciones para los productores que lo denominaron vino del diablo y salta-tapones, ya que las botellas estallaban y los tapones saltaban. Gracias a la popularidad que tenía en Inglaterra no se abandonó su producción y se buscaron soluciones para controlar su fuerza en la botella.

Aunque no existe la certeza, se dice que la solución de este “problema” surgió a partir del ingreso a la orden benedictina en la Abadia de Hautvillers de Epernay a finales del siglo XVII del conocido de este mundo Dom Perignon.

No fue algo planificado sino más bien un hecho fortuito. Su tarea consistía en supervisar la extensa producción de vinos del establecimiento, y fundamentalmente solucionar el problema de las burbujas que aparecían en unas cuántas botellas.

Estas burbujas que disfrutamos hoy en día, molestaban a los monjes, que pretendían seguir haciendo sus vinos blancos y tintos como hacían habitualmente. Los gélidos otoños provocaban un paralización de la fermentación de los vinos antes de que estos hubiera convertido todo el azúcar en alcohol. La llegada de los primeros rayos de sol en primavera producía la reactivación de las levaduras y la continuación de la fermentación, con la consiguiente aparición del burbujeo que conocemos.

A partir de estos sucesos, Dom Perignon cambió el concepto, introdujo una serie de cambios, tales como la selección de la uva, el corcho cónico sujeto con una grapa metálica y las botellas de vidrio más grueso que evitaban estallidos y que los tapones saltaran. A partir de ahí la percepción de los monjes con aquel vino cambió por completo, y con el tiempo se convirtió en el vino más elegido para las celebraciones.

150 años después, Lois Pasteur, dedujo el proceso natural de la fermentación por el cual las bacterias asimilan el azúcar y la convierten en alcohol, generando a su vez calor y CO2, es decir gas carbónico.

Champagne implica la relación entre un terruño, su clima y la intervención del hombre. De hecho, proviene de una región donde no se podía hacer vino, y actualmente este vino espumoso se ha convertido en el vino más famoso del mundo. Porque allí el clima es muy frío y la nubosidad es abundante, por lo tanto, las uvas no maduran lo suficiente. Gracias a la segunda fermentación en botella y a la adición del licor de expedición, se logran vinos burbujeantes con equilibrio y un carácter único.

Las únicas variedades de uva autorizadas para la elaboración del champagne:

Chardonnay (blanca)

Pinot Noir y Pinot Meunier (tintas)

Pinot Blanc

Pinot Gris

Arbane

Pequeño Meslier